Política de gestos y de vida

Texto realizado con motivo de la exposición Política de gestos y de vida, en Galería Espai Visor, a partir de obras de Colectivo C.A.D.A., Lotti Rosenfeld y Fernando Bryce.

De manera precisa, el arte ayuda a entender el entorno y su contexto incluso en los casos en que no pretende ser social ni político. Cuando, en cambio, su fundamentación y finalidad son netamente políticas, esta comprensión de lo que nos rodea deviene en desvelamiento de aquello que los poderes fácticos intentan esconder. La función de las/os artistas que actúan políticamente no es de representación de una actividad artística, sino de construcción de una realidad que compite con la oficialidad de su oponente, por lo general defendida por gobiernos limitadores de la libertad, o ausentes de memoria o de autocrítica. Cuando adolecen de desmemoria, suele haber entremedio gobiernos autoritarios o que aún responden de manera refleja a ellos, como una inercia prolongada en el tiempo; cuando lo que les falta es autocrítica, se deduce que sus procesos democráticos todavía están en fase de alcanzar su madurez.

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Rosana Antolí. Cuerpos que oscilan y objetos que piensan

Texto realizado con motivo de la exposición Art contemporani de la Generalitat Valenciana. Primers moments, Centre del Carme Cultura Contemporània-CCCC

En las piezas artísticas donde el público puede interactuar, el juicio de la mirada es sustituido o, al menos, compartido en su exigencia, con el de la acción. Si la obligatoriedad de adquirir una opinión propia supone, muy a menudo, un reto para quien la percibe y mira, demandar una acción rompe la distancia de la contemplación para devenir acto. Y no cualquier tipo de público podría darsetanto a una instalación como para formar parte de ella, otorgando a su implicación por lo tanto un posicionamiento crítico. Al menos desde Duchamp, se ha asumido que quien acaba de completar una obra de arte contemporáneo es quien la observa. Sin alguien que la mire y la piense, esa obra permanecerá en silencio, será un objeto que espera, no un cuerpo que respira o se expone verdaderamente. Así pues, la exigencia de quien observa se halla en esta ocasión ampliada por la posibilidad de ser parte activa de la obra.

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Joan Verdú juega y gana

Texto realizado con motivo de la exposición Bonus Track. Verdú, en Centre Cultural La Nau – Universitat de València – Sala Martínez Guerricabeitia. Comisaria: Mavi Escamilla

Cero

Cada obra de Joan Verdú lleva adosada una doble mueca. Hecha desde quien crea e imagina situaciones nuevas, se erige en estilo; expresada por quien la contempla, deviene experiencia. Casi siempre esta mueca es algo parecido a una sonrisa irónica que intenta no ser captada o anunciada nunca del todo. Lo políticamente incorrecto se combina con lo erótico; el juego de palabras entre expresiones coloquiales y marcas comerciales hace guiños a la Historia del arte; la cultura popular se sube a lomos de lo establecido como Cultura en mayúsculas… y siempre, entre medias y por encima de todo, está el texto. Éste aparece como caligrafía, una suerte de tipografía Verdúinconfundible y propia de un escribano de lo lúdico que rotula de manera precisa, aportando la narración contada (palabras y expresiones cortas escritas en diferentes idiomas) a la mostrada con colores y símbolos.

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La acción y su registro. Radicantes

Epílogo realizado para la publicación Radicantes: danza y otras especies, IVAM. Editado por Mireia Ferrer, Rocío Pérez, Tatiana Clavel y Cristina Andreu.

En Five Easy Pieces(1966-68), Yvonne Rainer condensa el gesto sutil y mínimo de una mano, de un balón de voleibol rodando sobre el suelo o chocando contra las paredes de un rincón, con el registro pragmático, contenido, de cada acción. La posible intención de estas piezas cortas parece clara: mostrar aquello que nombran con su título, en una clara tradición conceptual de evitar una interpretación mayor. Nombrar aquello que se ve o se muestra no siempre responde a lo esperado. La tendencia a desarrollar la interpretación de las imágenes nos ha llevado a buscar sin descanso qué poder decir más de aquello que vemos, de lo que se nos ofrece; como si el gesto, el movimiento, por sutil, básico o simple que sea, no fuera en sí el motivo por el que se grabaron esas imágenes. Sin embargo, nombrar únicamente aquello que pasa y no incurrir en el deseo exegético de decir o mostrar más de lo que hay, demuestra una actitud de concisión que se antoja la principal finalidad de ese gesto.

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Uno, y dos dones

Texto realizado para la publicación Carlos Maiques. Crónicas de bolsillo, editado por Anja Krakowsky.

El don no se intercambia por nada. Se posee y se ofrece libre, sin pedir nada material a cambio, ni prepararse como en un ritual místico o de exhibición pública. El don no es tanto la posesión de sí, como su puesta en práctica en los otros. Representa el método por el que entendemos que, quien lo posee, lo tiene y lo comparte. Hablando de Jacques Derrida, analizando su concepto de don, Geoffrey Bennington dice que “hay que intentar pensar en el don antes del intercambio, y en la ley antes del contrato, para acercarse a la cosa”. Y, más adelante: “Si la esencia del don es no ser objeto de intercambio, vemos que, hablando estrictamente, se anula como tal”. Y, siguiendo con la reflexión, “para que el don esté limpio de todo movimiento de intercambio, debería pasar inadvertido por el receptor. Debería no recibirse como don, no ser un don en absoluto” (…) “aquí está implícita toda una complicación de la temporalidad: el don no está nunca en el presente; se da en un pasado que nunca ha sido presente y se recibe en un futuro que tampoco será presente jamás”. (Derridabase)

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Posicionamiento gráfico

Texto realizado con motivo de la publicación Ibán Ramón. Posicionament gràfic. IVAM.

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I.

Cada trabajo gráfico ofrece una nueva posibilidad de afrontar retos, de aspirar a transformar pequeños detalles cotidianos en elementos definidos que se instalen tal vez para siempre en el uso colectivo; hacer más cómodo y funcional el día a día, especialmente en espacios urbanos donde las capas de información y disputa se superponen con total normalidad y asimilación. Esta pretensión óptima no siempre puede cumplirse, es cierto, ya que se enfrenta a problemas logísticos, clientelares, económicos… pero persiste en cada intento nuevo como si llevara implícito en su labor la necesidad de reinventarse y actualizarse para seguir siendo. La contribución del diseño gráfico al relato urbano de las ciudades tiene numerosos ejemplos y no está exento ni de complicidades con la ciudadanía, ni de complicaciones al respecto de su apropiación de elementos simbólicos, emocionales, sentimentales o identitarios.

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El rostro en el cine es una pantalla latiendo

A propósito de los filmes El jurado y La décima carta, de Virginia G. del Pino. Publicado en input magazine #5. Febrero de 2016. Con motivo de Cine por venir 3ª edición, Valencia, 2015.

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Desde el principio del filme El jurado (2012) se intuye que la intención de Virginia García del Pino (Barcelona, 1966) será mantener la mirada fija, inmutable, hasta que nosotros pestañeemos o desviemos la nuestra hacia otro punto. La película muestra primerísimos planos en picado de los rostros de varios miembros de un jurado popular mientras escuchan al acusado, a la defensa, al juez. La textura de la cinta está llena de ruido y de hastío, y parece confeccionada con los entretiempos que hilvanan la vida común –dentro de la acción nada corriente– de un juicio. No hay concesión alguna al espectador, que deberá entrar dentro de este paisaje desolador y monótono si quiere conocer la historia que le permita encontrar una salida, por más que ésta no será, posiblemente, la esperada. En concreto, nunca habrá un contraplano que devuelva la mirada de los miembros, los más jóvenes, de ese jurado popular.

Por temática o por similitud formal, El jurado se sitúa en un terreno fructífero entre el documental y el cine de autoría, con vinculaciones conceptuales al videoarte y una sobriedad radical en el uso del lenguaje cinematográfico que le hace ir más allá de una gran mayoría de películas que, pretendiendo ser radicales, no dejan de caer en soluciones formalistas. El retrato es el gran tema del cine; aquello que, al margen de las historias y los estilos, traza una línea subcutánea que enlaza obras tan dispares como La pasión de Juana de Arco de Dreyer, el neo-realismo italiano, los Rostros de Cassavettes, Persona de Bergman, cualquier personaje descubierto por Pasolini o desarrollado por Kiarostami… y que traza conexiones rizomáticas sin final ni destino preciso. Desde un punto de vista temático, El jurado se puede vincular, aunque de manera bastante laxa, con los documentales de Raymond Depardon sobre el estado judicial o el De nens de Joaquim Jordà, donde sin embargo coge impulso para lanzarse a un vacío sin red ni esperanza de encontrarla, pues todo lo que tiene que ofrecer parece hacerlo sin pensar en absoluto en el espectador.

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