Texto incluido en la publicación Cadáveres exquisitos. Intervenciones sobre obituarios de periódicos 2001-2014, de Txuspo Poyo. Marzo de 2015.

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Porque el tiempo es una amenaza que siempre cumple su pronóstico, la cultura ha luchado –y sigue luchando– contra él. Lo saben los cineastas, o al menos, algunos de ellos. Andrei Tarkovski esculpió con el tiempo una obra concisa y exquisita donde cada segundo posee la duración simbólica de una eternidad. Y Naomi Kawase se aferró al cine cuando descubrió cómo el tiempo se escapa indefectiblemente de las manos, como un oro líquido. La cámara se convierte entonces en un sujeto que prolonga la mirada del cineasta, y sus respiraciones se acompasan. Kawase relata la experiencia de la primera vez que escuchó funcionar su cámara súper8, y la compara con una respiración. Aquello que tenía en sus manos era un sujeto que respira cuando tú decides que lo haga. Un poder inmenso que comprime el tiempo en una cápsula de mirada individual y documentada.

Pensar en Iván Zulueta es hablar de ese prodigio de entusiasmo que es Arrebato (1979), ejemplo icónico de un cine realizado en España de manera precisa y amateur, una combinación nada sencilla ni tampoco prodigada o incentivada, salvo quizás ahora en el etiquetado como “nuevo cine español” que, básicamente, son buenas ideas realizadas con un presupuesto ajustado y recursos básicos, a medias entre lo artesanal y lo artístico, y con un gran conocimiento visual del cine y su vinculación con la vida. Esa combinación de elementos Zulueta supo exprimirlos de manera arrojada e inteligente varias décadas antes, añadiendo además un componente epistemológico: lo espectral que cualquier imagen proyectada o en movimiento posee y las sensaciones posteriores que genera. Una conexión entre diferentes realidades que lucha por convertir lo importante en objeto, no tanto en imagen; como si la imagen en movimiento fuera demasiado volátil como para certificar su presencia más allá de la memoria.

Andrés Duque filma en tres días el documental Iván Z (2004), un retrato respetuoso y sincero del cineasta en su casa familiar de Donosti. El baluarte físico, con la silueta lateral de la casa cubierta de enredaderas, lo es también de la infancia y la adolescencia, fases que se antojan decisivas en la vida de cualquier persona y que en la de Zulueta alcanzan cualidad de aquello fundacional e insustituible. Todo surge de ahí, la necesidad de restituir con imágenes sucesivas aquello que se intuye y que vuelve del pasado como un fantasma, pero también como un faro que indica un camino de vuelta. En un momento del documental, Zulueta relata la experiencia de los salmones que acaban volviendo a su lugar de origen, del esfuerzo que implica remontar la corriente del río, con sus rápidos y sus cascadas, para entregarse a un punto inicial. En ocasiones, la dificultad de esta empresa los aboca a una zona estancada de la corriente, y ahí quedan, sin posibilidad de remontar el río. Zulueta compara esa situación con el momento de su vida retratado por Duque en el documental, realizado cinco años antes de su fallecimiento. Sin posibilidad de dejarse llevar del todo ni de remontar lo nadado hasta entonces.

Las imágenes concentradas en el tiempo son una característica de la obra de Zulueta. Lo son en A malgam A al igual que en Arrebato. La utilización de un temporizador en la cámara de súper 8 alcanza cotas narrativas inseparables a la vida intensa y a la vez arrebatada del cineasta, su vinculación con las drogas y, en especial, con la heroína propone un ritmo a empujones, de subidas de temperatura y bajadas de tensión, sucesivamente, de forma imparable. De retratos del mundo exterior (las escenas prototípicas de la playa donostiarra desde la casa familiar) y la mirada oscura del interior reflejada en el espejo de Eusebio Poncela, o en el suyo propio. La concentración de esos lapsos de tiempo implican una necesidad de beber cada segundo, el ejemplo de un elixir del que no puede desperdiciarse ni una gota. El arte consigue encapsular el tiempo.

“No es la imagen maravillosa, es el objeto”, le comenta Zulueta a Andrés Duque. Y éste realiza en 2008 un cortometraje de carácter plenamente iconoclasta, despedazando y comiéndose trozos de papel del álbum de cromos “Hombres, razas y costumbres”, que tituló No es la imagen Es el objeto. Un círculo cerrándose al que se incorpora el obituario del personaje intervenido por Txuspo Poyo. Lo importante ya no es la vida de la persona, ni el recuerdo individual que cada cual tenga de sus películas; lo que cuenta ahora es el relato construido tras su muerte y la nueva perspectiva de este relato periodístico que el artista realiza caprichosamente. Un ejemplo más de iconoclastia en un mundo que no puede sobrevivir sin imágenes que nos recuerden su fin ralentizado. Como mirar el otro lado del tiempo.