Texto con motivo de la exposición de Nelo Vinuesa CastleHead, en Espai Tactel, Valencia. 12 de septiembre – 7 de noviembre de 2014.

“Disiento de aquellos que tratan la imaginación infantil como una especie de sueño; en cambio, yo la recuerdo como un hombre que sueña recordaría el mundo en el que estaba despierto.” G. K. Chesterton

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La vinculación entre arte y juego es intrínseca a la naturaleza de ambas prácticas. Es la acción y la posibilidad de un encuentro no esperado (o bien esperado, pero impredecible en su suceder) lo que convierte el proceso artístico y el disfrute del juego en experiencias intensas. La posibilidad de compartir los lances del juego y la exposición final de un trabajo artístico disponen de métodos de contemplación o goce muy distintos, pero el proceso se asemeja tanto entre sí, que los resultados podrían también analizarse a partir de sus similitudes y hallazgos comunes. Al igual que un niño que juega, el artista pone límites, acota, para descubrir posibilidades infinitas dentro de esos propios límites.

Las referencias de la pintura de Nelo Vinuesa a las dinámicas del juego se presentan desde el inicio como niveles o pantallas ofrecidas solapadamente. Es un juego que dispone de una reglas muy sofisticadas y cuyos componentes sólo podrían ser híbridos. Sobre la superficie aparecen registros muy diversos, resultantes tanto de la capacidad técnica para simular elementos reales, como por la aparición de símbolos clásicos realizados de manera sintética, consiguiendo reelaborar y actualizar también su significado. Los fondos de pintura acrílica sirven de base a una sucesión de siluetas realizadas con vinilo de colores planos que actúan como personajes en un campo de juego (o de batalla) sin referencias humanas concretas.

A diferencia de otros trabajos anteriores, incluido el proyecto Wild Pulse que también se expone en esta muestra, en Castlehead no hay personas o animales; los elementos arquitectónicos dejan entrever una presencia, al igual que los paisajes de colores intensos y ácidas combinaciones. La escala de estos detalles obliga al espectador a introducirse dentro del cuadro, como si pudiera colarse por el ojo de una cerradura y aparecer dentro de un paisaje sólo entendible como combinación de cosas antes vistas y vividas, y de otras que se generan en ese mismo momento de contemplación activa. Al mismo tiempo, las referencias al castillo como fortaleza, lugar propio, universo creado con la textura de cada piel, todas comunes y todas distintas, nos obliga a pensar el espacio que gobierna el dueño de ese campo abierto. Por momentos el juego presenta un tiempo en calma, sacudido de repente por pequeños altercados, llamas (o el símbolo de la llama) y texturas emuladoras. Otras veces, sin embargo, todo está por suceder, no existen ni las reglas a partir de las cuales iniciar el juego, porque los límites del tablero remarcan la forma de un cuadro, pero no indican la manera como jugarlo. La interpretación de un obra artística siempre se enfrenta a ese tablero sin reglas precisas, donde jugar a imaginar qué quiere decir el artista siempre se hará a partir de discernir primero qué somos nosotros.