Texto realizado para la publicación de la 13ª Biennal d’Amposta-BIAM’14. Centre d’Art Lo Pati, Amposta. Del 24 de julio al 30 de agosto de 2014.

BIAM'14

Una característica ya previsible del arte contemporáneo es la contaminación entre prácticas en su búsqueda, siquiera formalmente, de la novedad y como material necesario para adecuarse a la sociedad cambiante. Como dice una frase célebre que tiene algo de mágica, “la novedad es vieja como el mundo”, y aún así, en el presente debe prevalecer la opción de permitirnos caer de nuevo en la trampa más dulce: responder con frases ya dichas a las preguntas tantas veces planteadas. Una mirada mínimamente distinta al motivo de análisis puede conseguir un cambio notable en el modo como enfrentamos nuestros grandes temas y deseos, y ese pequeño gesto vale su peso en oro dentro del sistema artístico, ávido y necesitado de estímulos constantes.

La emergencia es consustancial al arte contemporáneo. Es un recurso que ha aceptado con resignación o incluso promovido con naturalidad, reflejo de un mundo cambiante, pero seguramente también de un ámbito profesional dado a la inestabilidad y la búsqueda sin tregua de lo novedoso. La última entrada de la magna obra Arte desde 1900 (Akal, 2006) orquestada por H. Foster, R. Krauss, Y-A. Bois y B. Buchloh corresponde al año 2003 y en ella se nombra la exposición Zona de emergencia, comisariaza por Francesco Bonami para la 50ª Bienal de Venecia, como ejemplo de la “naturaleza informal y discursiva de gran parte del arte y el comisariado recientes”. Los teóricos de October resumen eficazmente una serie de prácticas que pare ellos “se inspiran en una amplia lista de precedentes como los objetos preformativos de Fluxus, los materiales humildes del Arte Povera y las estrategias específicas para el sitio de artistas críticos con las instituciones”. Estas tres características, a las que se suman los procedimientos archivísticos de índole y condición muy variadas, marcan la mayoría de los proyectos que se han realizado en el ámbito del arte contemporáneo de las últimas décadas. Y todo indica que sigue siendo así.

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La posible confusión entre las nomenclaturas arte contemporáneo o arte actual (un modo de ir más allá de la historia en un momento en que el presente parece estirarse sin fin) la resuelve Giorgio Agamben sin hablar de arte, pero sí de un genérico lo contemporáneo que fácilmente puede asumirlo dentro de su definición. Regresa a Nietzsche para indicar que éste “sitúa su pretensión de ‘actualidad’, su ‘contemporaneidad’ respecto del presente, en una desconexión y en un desfase”. Y continúa explicando Agamben que “pertenece en verdad a su tiempo, es en verdad contemporáneo, aquel que no coincide a la perfección con éste ni se adecua a sus pretensiones, y entonces, en este sentido, es inactual; pero, justamente por esto, a partir de ese alejamiento y ese anacronismo, es más capaz que los otros de percibir y aferrar su tiempo.”[1]

El alejamiento es también la distancia crítica óptima para realizar un análisis ajustado de una situación concreta; y el anacronismo no es tanto la voluntad expresa de vivir en otras épocas pasadas, como la necesidad de no aceptar todo lo que el presente ofrece y con lo que apabulla y aturde. Es en esos matices donde sí parece posible encontrar vías de definición de lo contemporáneo en contraste con las propias de lo actual. Aferrarse a su tiempo, entendido éste con una cierta perspectiva histórica y complejidad, es lo que la actualidad no puede hacer, pues precisamente por su carácter actual, debe ir adecuándose a las variaciones ad infinitum que las tendencias marcan.

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Los movimientos complejos en espacios híbridos bien podría entenderse asimismo como movimientos híbridos en espacios complejos. Entendiendo por movimiento una acción al respecto de un deseo social, personal o político que acontece en un espacio no tanto real, aunque también, como imaginado. La hibridación implica complejidad, y ésta a su vez no puede siquiera definirse sin la mezcolanza y la transversalidad de varios agentes que actúan inequívocamente sobre una cuestión precisa. Las prácticas artísticas lo son especialmente por el contexto donde se ofrecen y por la actitud de quien lo lleva a término.

Al hablar de la fotografía dentro del ámbito del arte contemporáneo, Peter Osborne indica que ésta “pasó a formar parte del ‘arte’ en el momento en que el ‘arte’ pasó a ser post-conceptual. (…) Podría decirse (…) que la fotografía es arte en la medida en que es una práctica post-conceptual.”[2] Del mismo modo, determinadas prácticas y dispositivos, no vinculados directamente al arte, lo son en la medida en que representan una práctica post-conceptual. La 13ª edición de BIAM tiene la cualidad, tal vez única en su historia, de aunar el trabajo emergente de artistas jóvenes o muy jóvenes que presentan obras llamadas a inscribirse en el panorama de la contemporaneidad artística, junto con el trabajo de artistas pertenecientes a una generación consolidada, incluso podría decirse de media carrera, que tal vez participen de esa señal de emergencia que sigue emitiendo el sistema artístico dentro del Estado español, inoperante para establecer unos mínimos que permitan extender la profesionalización artística. Es también esta particularidad híbrida, intergeneracional, polivalente en los trabajos y compleja en los dispositivos y los temas tratados una característica del momento presente, donde el medio artístico es cuestionado bien desde la técnica, bien desde la credibilidad de su alcance real; tanto desde su autonomía tendente al ensimismamiento como desde la funcionalidad social y política de sus planteamientos. Unas cuestiones aferradas a su tiempo, y que aquí emergen para definirlo.

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[1] Giorgio Agambem, “¿Qué es lo contemporáneo?”, en Desnudez, Anagrama, Barcelona, 2011, p. 18.

[2] Peter Osborne, “Filosofía y fotografía: La ontología social de la imagen”, en Instantáneas de la fotografía, Arola Editors, SCAN 2009, Tarragona, p. 119.