Daniel G. Andújar. Individual Citizen Republic Project: EL SISTEMA. Technologies To The People – Espai ZER01, Olot, diciembre 2003 – febrero 2004

La cita que antecede a los Comentarios sobre la Sociedad del Espectáculo, de Guy Debord, bien podría tomarse como una de las claves en la estrategia de la resistencia, fuera ésta del tipo que fuere y se activara frente al sistema político que aconteciera en un momento histórico preciso. Extraída de El arte de la guerra, de Sun Tse, el pequeño párrafo comienza: “Por muy críticas que sean la situación y las circunstancias en que os encontréis, no desesperéis.”, y concluye “cuando se está sin ningún recurso, hay que contar con todos los recursos; cuando se ha sido sorprendido, hay que sorprender al enemigo” [En DEBORD, G.: Comentarios sobre la sociedad del espectáculo. Anagrama, Col. Argumentos. Barcelona 1990-1999. El contenido de El arte de la guerra de SUN TSE, varía dependiendo de la traducción. Una versión íntegra puede encontrarse en www.weblioteca.com.ar/oriental/artwar.htm.]. Con frecuencia aparece escrito o se anuncia que “el arte de la guerra es el arte de la vida” y, en efecto, el libro del general chino Sun Tse, si bien adoctrina sobre las formas en que debe plantearse un ataque, preparar una retaguardia, cómo analizar los puntos débiles propios y ajenos antes de enfrentarse al enemigo o estudiar las características del terreno adonde tendrá lugar la batalla, entre otros muchos datos expuestos como consejos, conforma asimismo una gran metáfora que puede ser entendida como una manera inteligente de sobrevivir a (o afrontar) determinadas circunstancias de la vida, sean éstas personales, profesionales, políticas o ideológicas. Por descontado, esta cita (y por extensión el texto completo, que llegó a Europa durante la Revolución Francesa) es fácilmente analizable desde una perspectiva muy concreta precisamente porque en este caso anticipa o introduce otra obra (la de Debord) que basa su filosofía en analizar concienzudamente al contrincante para jugarle con sus mismas armas o, al menos, para tratar de desarmarle con sus propios argumentos. El contrincante de Debord y del situacionismo en pleno fue precisamente el uso espectacular de la cultura, su manipulación e instrumentalización política por parte de los encargados de gestionarla, producirla o difundirla, siendo su cometido principal la denuncia sin paliativos, abiertamente crítica, siempre respaldada por la solidez de un discurso rico en matices y pormenorizadamente elaborado. Este posicionamiento, ya convertido en un clásico de la crítica razonada, teniendo como tiene plena vigencia se ha quedado reducido, sin embargo, a frugal aperitivo de unos manjares que, hoy por hoy, nos han llevado a una salvaje bulimia de lo espectacular. Puesto que la concepción de lo espectacular no ha dejado de agravarse dentro de las políticas culturales desenvueltas o surgidas desde entonces, los textos situacionistas (si bien con las limitaciones temporales lógicas) adquieren un poder casi profético.

¿Quedan todavía planteamientos teóricos o acciones prácticas que se antojen posibles, que se vean capaces, de intentar si no detener al menos sí alertar sobre determinadas conductas política y culturalmente absolutistas? ¿Es posible separar o tratar de independizar a la cultura de las decisiones políticas arbitrarias que la emplean y desemplean sin previo aviso? Ante la primera pregunta caben muchas respuestas, tantas como acciones que puedan realizarse; pequeños gestos que, incluso desde su precariedad, consigan plantear dudas al respecto de lo general monopolizado. En cuanto a la segunda, cada vez parece que existen más recursos técnicos para desarrollar espacios (físicos o virtuales) dedicados a la cultura o comprometidos con ella de manera independiente, pero también cada vez más parecen reducidos a un mayor ostracismo y a una repercusión cada vez más minoritaria, cuando no “obligados” a desaparecer.

Sun Tse nos aconsejaba hacer frente al contrincante habiéndolo estudiado previamente con detenimiento, entender su modus operandi, analizar sus puntos débiles y aquellos por donde no flaquea, vigilar sus acciones y no dejarse embaucar por las luces de neón de su propaganda, la cual actuaría como una versión corregida y aumentada de un comportamiento ancestral de provocación y enfrentamiento. Y, en cierto modo, para poder mantener esta actitud vigilante, inquisitiva, es necesario actuar en determinados momentos exactamente igual que el o los contrincantes, como una figura que se reflejara, a la inversa, en un espejo imaginario.

Análisis aparte merecería la opción, con las dudas y contradicciones derivadas de su desarrollo, de plantear la confrontación desde dentro, aduciendo una posible independencia de planteamientos en el propio intestino de la industria cultural; casos de estudio muy vigentes no nos faltarían. Así pues, ante la limitación de los movimientos cabe el accionismo más activo; frente a la velocidad supersónica de los aparatos de propaganda del poder que anulan lo anterior inmediatamente después de haber presentado lo nuevo (como una versión sin fin del “presente perpetuo”), se trataría de imponer un ritmo tranquilo y sosegado del que se sabe también perseguidor y no sólo perseguido, vigilante además de vigilado; ante la desfachatez de lo público de crear discursos poli-bifurcados, la sobriedad de investigar en una misma dirección, sin rodeos y sin concesiones, en línea recta; contra la cara feliz de los protagonistas de los anuncios de la mentira, la recepción a cara de perro del que advierte que nada es lo que parece, ni debe admitir que lo que se muestra como real pueda llegar, siquiera, a parecerlo.

Estas actitudes directas son abiertamente criticadas por gran parte de la sociedad, además de por aquellos que enarbolan el espíritu reaccionario de sus políticas, evidentemente. La opinión externa generalizada ante estas actuaciones es que el talante empleado no “anima” a los demás a sumarse a ellas, enconadas dicen en una falta total de sentido del humor o, para decirlo de otro modo, sin asideros frívolos de los que agarrarse; lo que en definitiva viene a decir que cabría emplear las mismas armas esteticistas y amables, embaucadoras, de la propaganda con el fin de conseguir más adeptos. Y en ello se está; aunque discutir sobre la homologación o no de diferentes sentidos de humor y posicionarse sobre si una actuación es o no divertida, siempre dependerá de dónde y cómo queden reflejados los involucrados. De hecho, las mismas críticas que alertan sobre la sobriedad y el aburrimiento, incluso el enfado injustificado, en la forma de plantear ciertas demandas o arrojar ciertas críticas, no dudan en tachar de frívolos los pequeños actos o acciones que se realizan a modo de válvula de escape, las cuales no impiden que se siga manteniendo la coherencia en el discurso. Así pues, ¿qué ocurre cuando se ha descartado la amabilidad y la simpatía, incluso el respeto, en el discurso desarrollado por el poder, para acabar siendo sido sustituidas éstas por la imposición y la negación constante ante cualquier intento de acercamiento entre posiciones enfrentadas? ¿Cabe aún el empleo de métodos amables para hacer frente a los otros, que son lanzados y, así pues, impuestos, como verdades supremas y afirmaciones indesviables?

Habitamos hoy en día entre los escombros de una sociedad espectacular donde no tiene cabida la discrepancia; donde el debate se permite dentro de unas reglas tan limitadas y claramente favorables para el poder que resultan, de entrada, inadmisibles; por esta razón, todavía resulta más inaudito el empeño obsesivo, la psicosis, con que los mandamases persiguen cualquier sonido átono que despunte entre sus filarmónicos trabajos institucionalizados, generalmente mal resueltos o mal enfocados y fácilmente intercambiables por otros igualmente mediocres.
Sólo cabe reseñar (muy brevemente, pues el texto de Domingo Mestre que aparece en esta misma publicación lo analiza en profundidad) el caso del proyecto artístico de Daniel G. Andujar e-valencia.org, hospedado en el servidor del Museo de la Universidad de Alicante-MUA y por el cual este organismo universitario recibió presiones de altas instancias culturales de la Comunitat Valenciana hasta el punto de consumar su cierre, para cerciorarnos sobre cómo el poder acata las críticas y rehúsa el debate. Y no sólo el poder político sino también sus técnicos culturales que, escudándose en su papel de expertos, rechazan igualmente las críticas o el debate con las mismas argucias absolutistas, considerando la discrepancia de los discrepantes como simples cantinelas pasadas de rosca o producto de escarceos competitivos en el ámbito de lo profesional o incluso en lo personal.

e-valencia.org era un oasis que ha sido necesario desecar y los métodos utilizados (presionando unos; admitiendo las presiones y claudicando otros) parecen indicar algo mucho más grave de lo que creíamos que podía seguir ocurriendo en la actualidad, unas actitudes que sin duda han resurgido de sus cenizas más oscuras y apolilladas.

I. Lo que parece que es
En cualquier juego de magia coexisten una parte de verdad y otra de ilusión. Una espada atraviesa la caja, pero ¿qué es verdad, la caja ya agujereada y la espada que se ablanda o se pliega sobre sí misma para no herir, o el hecho de que todo parezca real y creamos que atraviesan el cuerpo del encajonado yacente?; la acompañante queda suspendida en el aire ocultando con su vestido algo más que su cuerpo, el artilugio que la mantiene en esa posición ingrávida; la carta en la cual centramos nuestra mirada siempre aparece al lado contrario de donde debería estar o esperábamos que estuviera, o mejor, el mago nos hace mirar al otro lado, desvía nuestra mirada y nuestra atención mientras opera el truco. Vemos lo que ciertamente nos inducen a ver sus manos expertas, ágiles, más rápidas que nuestra capacidad de asimilación del truco en sí mismo. Queremos encontrar ese pequeño detalle que haga decantar nuestra conciencia pragmática del lado de la experiencia conocida, aunque perviven las ganas de querer creer que la imposibilidad puede, esta vez sí, convertirse en posible, superar su aporía.

La publicidad y la propaganda actúan de manera muy similar. Nos muestran una imagen perfectamente realizada, pues evocar es lo esencial de su función, pero sin mostrarlo esencialmente. Dan y esconden a partes iguales, como un truco de magia perfectamente ejecutado. Se muestra lo que se desea llegar a ser, no en realidad lo que se es y los diferentes niveles de esta representación son los que finalmente decantan la balanza hacia la emisión de unos juicios u otros, atendiendo éstos a la fidelidad del mensaje, a la posibilidad de cumplir lo anunciado, a la utilización precisa de la mentira o a la manipulación directa, contando de entrada con unas premisas difícilmente comprobables.
Walter Benjamin llegaba a la conclusión, en el Epílogo de La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica (1936), de que “el fascismo tiende, en consecuencia, a una estetización de la vida política” y concluía su obra con un preciso análisis de su tiempo: “La humanidad, que fue en otros tiempos en Homero objeto de contemplación para los dioses olímpicos, lo es ahora para sí misma. Su autoalienación ha alcanzado un grado que le permite experimentar su propia aniquilación como un goce estético de primera magnitud. Esa es la clase de estetización de la política practicada por el fascismo. La respuesta del comunismo es la politización del arte” [BENJAMIN, W.: La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica. De esta versión, en Archivos de la Fotografía, Volumen III, número 2, Otoño-Invierno 1997. Editado por Photomuseum Argazki Euskal Museoa, Zarautz].

Sería un poco más sencillo llamar a las cosas por su nombre, si todavía éstos respondieran a sus definiciones. Pero ni ya el fascismo aparece con su cara y sus modales de antaño, ni el comunismo ahora ya puede siquiera intentar recuperar lo que perdió por méritos propios. Si lo “espectacular concentrado” en relación con lo “espectacular difuso” dio lugar a lo “espectacular integrado” (Debord) -por más que se vislumbren de nuevo tendencias de lo concentrado en el actual magma difuso e integrado, especialmente desde los sucesos del 11S- la maquinaria del poder resulta tan inabarcable e indescifrables algunas de sus contraseñas que sólo se puede perecer tras el enfrentamiento. Perecer, o pretender ser como él, a modo de alianza en la enemistad. Pues si es el poder el que ha acercado posiciones hacia la estética, no para dignificar a ésta sino para utilizarla en su beneficio publicitario, lo estético sólo puede defender su mermado terreno intentando apropiarse de parte del que no es suyo, sino perteneciente a la política. Atacar por otro frente toda vez que admite la irrecuperabilidad de parte de lo perdido. El arte político (y/o su vertiente social), así pues, lejos de ser una mera etiqueta que suele escandalizar a propios y extraños y que hace salir corriendo, despavoridos, a los mismísimos artistas, debería entenderse como el único modo en que éste pudiera presentarse, adquirir un pleno sentido. Del modo en que no todo el arte debe ser arte político, sino que aquello que no sea político no puede ser arte. Por político, por supuesto, cabría entender no necesariamente la adscripción a una tendencia política concreta, sino el planteamiento sincero y comprometido con lo que se produce, sobre cómo se difunde y con el nudo argumental con el que se pretendan aportar datos, renovar teorías o descalificar, sin más, a la propia Historia.

Individual Citizen Republic Project: El Sistema, el proyecto de Daniel G. Andújar realizado para el Sala ZERO1 del Museu Comarcal de la Garrotxa, puede ser interpretado desde varias perspectivas. En primer lugar, actúa como un microcosmos del funcionamiento de los organismos del poder, o de algunos de ellos, donde la primera parte coincidiría con el aparato utilizado para su propaganda, su cara exterior, lo visible. La segunda e intermedia correspondería al laboratorio de ideas, generador de estas mismas y espacio de planteamiento, acción y manipulación que repercute asimismo en la anterior, donde el negro de las paredes lo relaciona, simbólicamente, con lo oscuro y lo oculto o aquello que se mantiene en secreto pero que, en el fondo, es el espacio más participativo, lo cual genera una interesante paradoja. La tercera y última presenta el trabajo realizado, surgido de este espacio intermedio de acceso libre que capta a los usuarios, sólo que los que acaban formándose son los propios espectadores, el público, que tras su paso por los dos estadios primeros se encuentra dispuesto tal vez no para opinar sobre lo que ha visto (autorreflexión) en relación con los mecanismos del Sistema vigente en el exterior, pero sí para platicar, delante de una audiencia real o figurada, sobre los más variados temas: el espectador como experto como espectador. Otra interpretación es la que relaciona rápidamente dos mundos irreconciliables, puestos aquí abiertamente enfrentados: fuera-dentro, público-privado, blanco-negro, verdad-mentira o real-figurado, tienda-trastienda o galería-almacén, aula-laboratorio… La intención es crear un conflicto entre los antagonismos, de modo que tomar partido por una fracción u otra implica involucrarse no sólo en sus particularidades sino también en lo que de común puedan tener, en sus fricciones necesarias o en algunos de sus márgenes difuminados.

Otra interpretación viene dada (sin duda desde una clave mucho más subjetiva y personal) por las posibles semejanzas entre las tres partes diferenciadas del proyecto y los tres tipos de capitalismo que repasa Vicente Verdú en su práctico ensayo sociológico El estilo del mundo. Mientras el “capitalismo de producción se afianzó en los armazones y los pesados objetos negros”, lo que equivaldría al segundo espacio, con los objetos apoyando y sujetando el panel a modo de barricada, “el capitalismo de consumo escogió las superficies brillantes, el aluminio y el acero inoxidable, las pinturas metalizadas”, es decir, el empleo de la publicidad y el marketing para vender más, como en el primer espacio donde una valla publicitaria y el packaging ofertan un nuevo sistema operativo, un nuevo producto. “En nuestra época, finalmente, con el capitalismo de ficción, la visión alrededor se hace transparente en las carcasas de los ordenadores, en los edificios, en los relojes…” [VERDÚ, V.: El estilo del mundo. La vida en el capitalismo de ficción, cap. ”Transparencia y vigilancia”, pp. 159 y ss., Anagrama, Col. Argumentos. Barcelona 2003], o que lo que es lo mismo, la virtualidad de las presentaciones editadas en Power Point o el producto informático o la empresa -que no existe físicamente- vienen a igualar, en la tercera parte, aquello que no se siente pero, incontestablemente se ve, cuenta y finalmente existe, aunque su apariencia se trasluzca casi hasta la mimesis.

II. Lo que todo indica que es
Así pues, la primera parte de nuestro análisis se centraba en lo que parece que es, eslabón necesario e imprescindible para descifrar lo que en realidad es, o incluso un poco menos, aquello que todo indica que es, y que posiblemente nunca sepamos cómo será en realidad. Aunque la primera parte puede surgir al mismo tiempo que esta segunda, o incluso idearse anteriormente, es muy frecuente que se cree y se lance con posterioridad. La publicidad tanto sirve para anunciar algo que existe y necesita ser promocionado, como se emplea para inventar lo que no está siendo hecho, así como es tremendamente útil para exagerar lo que se hace (siempre en menor medida de lo que se promociona) o para desviar la atención sobre lo que en verdad se está haciendo. En cualquiera de sus vertientes, la propaganda es un arma cargada de pasado, reaccionario y oscuro pasado, en un presente al que sólo le interesa el futuro visto desde su lado tecnológico.

Lo que se produce en este segundo espacio de libre acceso se realizará con el producto previamente publicitado (el sistema X-evian, The New TTTP System by Metabolik) y actuará de nexo entre la publicidad de su estadio previo y el marketing del tercer y último eslabón. Mientras miramos hacia la superficie impecable del engranaje, otra maquinaria igualmente resolutiva realiza la verdadera labor. En esta vertiente netamente participativa dentro de “El Sistema”, se tiene la posibilidad de trabajar para y por la contra-información, con free software específico y lejos de la hegemonía informática, lo que no evita que siga necesitando de la publicidad y su imagen para vender su virtualidad y accesibilidad. Al jugar con idénticas armas y emplear argucias similares, el engranaje del poder se siente no ya irrespetado (“Bite the hand that feeds you”) o vigilado (”Watch the Watcher”) sino ridiculizado en su reflejo banal, en la apropiación de sus mentiras, en la propaganda de sus intereses propios. Y puesto que carece de sentido del humor, no puede admitir la crítica; como tampoco puede enfrentarse directamente al debate, pues asumiría su falsedad.

Adorno y Horkheimer aventuraban en su Dialéctica de la ilustración que “toda cultura de masas bajo el monopolio es idéntica, y su esqueleto –el armazón conceptual fabricado por aquél- comienza a dibujarse. Los dirigentes no están ya en absoluto interesados en esconder dicho armazón; su poder se refuerza cuanto más brutalmente se declara” [HORKHEIMER, M. y ADORNO, T. W.: Dialéctica de la ilustración. Fragmentos filosóficos 1944, 1947, 1969. Edición en castellano: Trota, Col. Estructuras y procesos, Serie Filosofía. Introducción y traducción de Juan José Sánchez. Madrid 2003]. Esta aseveración se ha cumplido hasta sus últimas consecuencias y, posiblemente ya, o en breve, haya arribado hasta el último confín del mundo. Pese a todo esto, sin embargo se sigue utilizando un segundo o tercer nivel de lectura para dirigir las miradas hacia donde no se pueda descubrir el truco y así, algunos expertos culturales y gurús mediáticos se dedican a lanzar bombas de humo sobre una audiencia cada vez más desconcertada, que ya no sabe si lo que lee y ve es una cosa o su contraria.

En un artículo titulado Por la inmensa minoría publicado en EL PAÍS (11/10/2003), José Vidal-Beneyto hacía un repaso de la trayectoria de las políticas culturales desde los años 50 hasta la actualidad y de su capacidad o incapacidad para “democratizar la cultura”, sus aciertos y sus fracasos globales. De las tres columnas que conformaban el artículo de opinión, las dos primeras se dedicaban a esta función didáctica, bien detallada y explicada por quien, sin duda, ha formado parte de algunas grandes decisiones político-culturales y cuya opinión debiera ser tomada en consideración. La tercera columna, sin embargo, que pretendía apuntar una posible solución ante los males endémicos de nuestra cultura, a saber, donde la fractura entre “una mayoría cautiva del televisor, ciudadanamente anestesiada y culturalmente envilecida por su bazofia televisiva cotidiana cuyo destino parecía ser el consumo al dictado” y una minoría “cada día más amenazada pero también más convencida de que la cultura no se consume en masa, sino que se vive como una experiencia propia” se muestra insalvable, proponía y defendía la existencia del Consejo Mundial de las Artes, del cual es Presidente. Este organismo, formado por 44 expertos en seis disciplinas distintas (Artes Plásticas, Arquitectura y Diseño, Cine, Teatro, Danza y Música) plantea como solución ante este gran problema global la celebración del Encuentro Mundial de las Artes, el otorgamiento del Premio Mundial de las Artes y el apoyo a la Bienal de Valencia. Tres buques insignia de una política cultural basada justamente en los aspectos que él mismo critica en las dos primeras columnas. [Un análisis pormenorizado de este texto puede encontrarse en el artículo “Discurso final. Sobre lo que se dice que se hace y sobre lo que de verdad se hace en las actuales políticas culturales”. Álvaro de los Ángeles. Revista mono nº3, noviembre 2003, Valencia.]

El quid de la cuestión parece que está, así pues, en la utilización interesada de ciertos conceptos e ideologías que casan a la perfección con tendencias progresistas e incluso netamente de izquierdas y en su proclamación, para acabar consumando su contraria u otra que, desde luego, se despega excesiva y sospechosamente de su discurso original. Porque, si de verdad piensa el Sr. Vidal-Beneyto solventar el gran desafío de la democratización de la cultura con la celebración de tan inocuos certámenes, desproporcionados en todo excepto en debate, discusión y búsqueda real de soluciones concretas, es que ciertamente la crisis intelectual es un gran agujero negro que, involucrados como él, se afanan en agrandar.

III. Lo que decimos y lo que nos dejan decir que somos
Inmersos, así pues, dentro de un sistema que anuncia y vende lo que se propone, que evita más o menos solapadamente las críticas y el debate resultantes de su funcionamiento y que encumbra o desautoriza a unos u otros por el mero hecho de la casualidad interesada y del momento histórico concreto, resulta apropiado recordar qué somos y dónde estamos. O mejor, qué nos dejan decir que somos o qué podemos decir nosotros sobre dónde nos encontramos.

El uso de Internet ha posibilitado reuniones, uniones, desarrollos conjuntos sin la necesidad de la presencia física en un tiempo y espacio coincidentes. Ha enarbolado luchas, recogidas de firmas, denuncias, debate y discusión manteniendo a cada cual en su espacio vital o profesional, sin el menor desvío en sus obligaciones diarias como peón perfectamente integrado en el sistema. Ha acercado posiciones, ha roto la distancia, ha hecho desaparecer determinadas jerarquías, ha convertido nuestra sociedad en una sprawl city de proporciones descabelladas que recuerda al perfecto mapa que evocaba Borges y citaba Baudrillard en Cultura y simulacro; el plano a escala 1:1, el simulacro ideal. Y, de nuevo, nada es lo que parece o no es, al menos, lo que nos dicen que es. Pues, mientras los partidos políticos y los Gobiernos anotan en sus programas electorales, como una línea más dentro de su hipotético cumplimiento global, la importancia de la tecnología en nuestra sociedad y nuestras vidas, surgen leyes que acotan la libertad de expresión y la confidencialidad, que rastrean entre nuestros archivos para, eufemismo donde los haya, asegurar nuestra seguridad. Todo en nombre de una paz mundial que sólo puede existir previo bombardeo, invasión territorial e íntima y abuso de poder.

Vicenç Navarro, en su espléndido análisis Bienestar insuficiente, democracia incompleta. Sobre lo que no se habla en nuestro país hace un repaso realmente acertado al respecto de las políticas dialécticas y las políticas prácticas, sobre lo que nos dicen y lo que nos ocultan, en relación a aspectos básicos en nuestra sociedad que afectan a la libertad, el bienestar y a nuestra capacidad de elección dentro de ella. Asimismo, resulta esclarecedor a propósito de la “repercusión” dada a determinados “temas constitucionales” que, sin embargo, no responden a los de mayor inquietud de la ciudadanía, que ven más importantes los más cercanos (empleo, vivienda, sanidad, seguridad, pensiones), “temas que no tienen la visibilidad que se merecen” [NAVARRO, V.: Bienestar insuficiente, democracia incompleta. Sobre lo que no se habla en nuestro país, pp.78-79. Anagrama, Col. Argumentos. Barcelona 2002]. Todo el texto es una plasmación argumentada de esta bifurcada costumbre del poder de exponer una idea para, o bien otorgarle a ésta una importancia sobredimensionada, o bien atraer la atención sobre aspectos de interés para el poder que oscurizan, por lo tanto, los que suelen importar a la opinión pública. Como indica Navarro, se impone “la necesidad de una radicalización democrática que permita que el ciudadano vea al Estado como su servidor y no viceversa”[Ibíd.]

Esta actitud también se da plenamente en el ámbito de la cultura y se desarrolla dentro de sus políticas culturales. Las reuniones de expertos (sic) (Encuentro Mundial de las Artes y otros) suelen organizarse alrededor de temas de importancia teórica incuestionable que, curiosamente, siempre bordean conceptos relacionados con asuntos sensibles con lo social, como civismo, participación, ciudad y/o ciudadanía, democracia, transversalidad, interdisciplinaridad…, cuando en realidad la participación queda casi siempre reducida a la de aquellos pocos expertos que asisten. ¿Qué conclusiones se extraen y dónde o cómo se ponen en práctica? ¿Repercuten los grandes eventos culturales, de marcada impronta espectacular, en los ciudadanos que habitan las ciudades que los hospedan sólo por el mero hecho de celebrarse? ¿O es el tono que se emplee para llevarlos a la práctica lo que otorgará o no sentido a su celebración?
Es difícil resistirse a no citar la función que, para Debord, cumplía el experto: “el experto que mejor sirve es, desde luego, el experto que miente” [DEBORD, G.: Comentarios sobre la sociedad del espectáculo, p. 29. Anagrama, Col. Argumentos. Barcelona 1990-1999].

Desde esta perspectiva, la tercera parte de “El Sistema” nos anima a convertirnos en expertos de una información que desconocemos, en libres conferenciantes para opinar, con el micrófono de la sala abierto, sobre el tema o temas que deseemos, sepamos o no sobre él, queramos ser o no escuchados, deseemos o no ser seguidos en nuestro discurso o nuestro silencio. La fase final de este proyecto pone en solfa la función de las ruedas de prensa, de las presentaciones formales, de las conferencias destinadas a un público selecto. Se ofrece todo lo necesario para que cada uno sea quien decida qué hacer, qué contar, cómo hacerlo…, la libertad presentada como un catálogo sinfín de elecciones, de decisiones que es necesario tomar.
Así pues, el recorrido que realizamos va de la expectación (publicidad de un producto, de una ideología o de un sistema) a la experimentación individual de sus propuestas y de aquí a la presentación pública de lo asimilado, su defensa y de nuevo su publicidad. Síntesis perfecta del aprendizaje, donde confluyen todos los aspectos sociopolíticos derivados del poder de la información, la desinformación, lo dado y lo obtenido como márgenes simétricos de un mismo documento oficial. Es entrelíneas donde habitan la sorpresa, los espacios de libertad, la ilusión de lo todavía posible.

Como el conocimiento, como las ideas y su puesta en práctica, igual que la contra-información, la crítica razonada o el control a los que nos controlan, como ciudadanos, finalmente, estamos en proceso continuo. Y no lamentamos las molestias ocasionadas.